El estudio de los sistemas alternativos de educación, y todo su sustrato filosófico, me ayudó a comprender la importancia de mis contactos tempranos con el mundo del arte, cosa que se hizo evidente apenas comencé a dar clase, hacia Julio de 2009.
Esta observación, sumada al deseo de reunir en un todo coherente ideas dispersas, experiencias del pasado y propósitos dieron lugar al nacimiento de BcnCentro.
Todos los espacios de encuentro con el arte de los que participé durante mi niñez y adolescencia en el Colegio San Marcos estuvieron caracterizados por el entusiasmo, la libertad expresiva, el encuentro con ideas nuevas, el esfuerzo combinado con las risas, la creación en grupo, y la presencia de los adultos, a veces padres de amigos, a veces profesores, que sabían ser a un tiempo cómplices y guías, un equilibrio que, pienso, no es fácil de mantener.
En las revistas Ventosa y Notiaburri participé como ilustrador y diseñador gráfico, entre 1988 y 1990. Copio aquí una ilustración que realicé para un cuento escrito por un amigo, denominado “Maldita guerra”, y un Comic denominado «Fatman».

En las clases de literatura de inglés y castellano pude experimentar con el ensayo, el análisis literario, la poesía.
Entre 1988 y 1993 participé de las siguientes obras teatrales: The King´s Toothacke, Tomorrow and Tomorrow and Tomorrow, Esperando la Carroza, To Kill a Mockingbird y Los Tres Mosqueteros. Aquí se puede ver una imagen de The King´s Toothake, folletos de To Kill a Mockingbird y Los Tres Mosqueteros y la tapa del segundo número de la Revista Ventosa:

Quisiera agregar un párrafo acerca de las clases particulares de piano que recibí entre los 13 y los 17 años. Es común para mí encontrarme con personas que me relatan cómo de niños eran excelentes pianistas, chelistas, o lo que fuere, pero dadas las presiones ejercidas por los profesores del conservatorio terminaron asociando la música al esfuerzo y el sufrimiento. Lógicamente, apenas pudieron se alejaron de la música y muchas veces se lamentan por ello. Mi profesor de piano, Alejandro Weber, tenía una propuesta diferente. Podías tocar la música que quisieras, no te exigía que hicieras ejercicios de escalas o similares. Incluso, a veces ni siquiera tocabas en sus clases, simplemente conversabas de música. En las clases de Alejandro concí a Jobim, toqué cosas de Mozart o Muzio Clementi a la par de éxitos de Metallica o Guns N Roses. Hoy en día, cada vez que termino una canción o un disco, se lo envío a Ale para que me dé su opinión.
Agregaré comentarios acerca de tres bandas que iniciamos con amigos que no contaron con la presencia de adultos, en los que experimentamos el «ser artistas» en primera mano, poniendo, sobre todo, mucho morro, divirtiéndonos mucho pero trabajando mucho también.
A los 10 años monté mi primera banda de rock, The Thives, junto a mi amigo Cherpa. Tocamos por única vez en una fiesta de cumpleaños una versión de «The Reflex» de Duran Duran. El no saber tocar ningún instrumento no nos detuvo: Cherpa se hizo cargo de la voz y yo lo acompañé con mi guitarra eléctrica invisible.
En 1991 creamos la banda Marea Roja junto a compañeros de clase. Me tocó interpretar la batería, ya que tengo un tío que de fue tan amable de prestarme su instrumento. Tuve que aprender a tocar esta batería añosa y venerable cuyo único platillo sonaba a cacerola por mi cuenta. Durante los 8 años de vida de esta banda, pasamos infinidad de tardes sacando canciones, grabando, improvisando y, más tarde, creando canciones que nunca terminábamos, siempre se nos ocurría una nueva variación. Los Marea Roja carecían de toda formación musical y tocaron durante bastante tiempo sin afinar los instrumentos.
La otra banda que integré la denominaré El Botija & Nacho. En este dúo que formé junto a un amigo entre el 92 y el 94, sacábamos canciones estilo pop de oído y las grabábamos en un teclado Roland. Más tarde, grabamos también nuestras propias composiciones, bandas sonoras para teatro y pistas musicales para un acto escolar de alumnos de kínder del colegio, mi primer trabajo rentado como músico.
Sacar canciones de oído, inventar bandas y creer en ellas, crear arreglos de canciones conocidas, improvisar, componer, tocar en vivo. Todo ello tuve la suerte de aprenderlo junto a mis colegas y forma la base sobre la cual más tarde completé mi formación musical en el conservatorio.
Asimismo, diseñar el logo de la revista, dibujar comics dominando las Rotring como podíamos, escribir, leer y discutir distintos autores en la redacción de la revista constituyeron contactos con el mundo del diseño y el periodismo que más tarde completé con estudios universitarios y experiencias laborales.
Durante mis experiencias laborales y académicas previas al 2009 mantuve una relación de continuidad con esta manera de trabajar aprendida en mi pasado remoto, aunque no siempre fuese evidente, ya que las presiones laborales o académicas así lo impedían.
Sin embargo, a partir del 2009 empecé a comprender la importancia de estas experiencias, y su potencial utilidad.
Si los libros de Rebeca Wild me ayudaron a entender que disfrutar del aprendizaje es una manera excelente de aprender, libros como el «Let my people go surfing» de Yvon Chouinard o el «Espíritu creativo» de Daniel Goleman o incluso la bio de Steve Jobs de Walter Isaacson nos dejan ver que esta manera de trabajar se puede llevar a los más altos niveles de calidad profesional.
Pero ninguno de estos ejemplos leídos es tan potente como uno vivido. Mi padre es un ingeniero civil que colaboró con muchos arquitectos importantes de la argentina, entre ellos el recientemente fallecido Clorindo Testa. De su larga relación con este arquitecto mi padre siempre destacó su manera particular de combinar un trabajo de excelente calidad con una manera de ser relajada y campechana, cosa que cualquiera que haya presenciado sus conferencias ha captado con seguridad. En una oportunidad fui testigo de esta manera de hacer de Clorindo, cierta vez que acompañé a mi padre al estudio de Testa, y presencié una de sus reuniones de trabajo en la que Clorindo nos mostró una maqueta hecha de cartón de la escalera metálica del patio exterior del CC Konex, en Buenos Aires. Luego de intercambiar ideas e impresiones, este encuentro culminó, como de costumbre, con un cuento de Clorindo; una de sus aventuras en Europa durante sus años de bohemia.
Pienso que dados todos estos antecedentes, hoy sigo asociando el trabajo y el esfuerzo creativo al disfrute y al entusiasmo, y entiendo que esto, lejos de mermar la calidad del trabajo muchas veces lo mejora.
A mis padres debo agradecer que nos respetaron a mis hermanos y a mí nuestros espacios de encuentro con el arte, y entendieron que se trataba de actividades recreativas, por lo que nunca nos exigieron resultados y nos apoyaron mucho.
Barcelona Centro es el fruto de muchos años de trabajo. Comencé a darle forma hacia mediados del 2011, cuando ya llevaba un par de años dando clases particulares de música e inglés a cuestas, y también había pasado muchísimo tiempo investigando acerca del ser humano, del mundo y de mí mismo. Decidí unir en esta propuesta mis años de experiencia profesional, de estudiante universitario, de niño y adolescente en el colegio. Siempre supe que todas estas cosas estaban conectadas, pero el estudio de la educación activa, ayudado por el estudio profundo de obras de pensadores como Alejandro Jodorowsky y Antonio Blay entre otros, me proporcionaron el sustrato teórico necesario para ir acomodando mis experiencias.
En la coral que dirigí junto a Guillem Baladía y en la que dirijo solo, en las bandas en las que participé, en las clases que doy, fui poniendo en practica estos ideas y teorías, y mucho de este aprendizaje, que también recogí en diversos escritos inéditos,
conforman este nuevo capítulo, este nuevo comienzo: BcnCentro.